
Me compré un sarcófago de rayos UVA que anunciaba un particular en una
web de venta online. El tipo aseguraba que bastaban siete sesiones para
recuperar la autoestima y yo le creí. Durante una semana especulé con la
hipótesis de poder exhibir bronceado en pleno invierno. No obstante,
aquella fantasía del sarcófago, mi moreno “roña” y los chicos de la
oficina dándome la enhorabuena… se vio truncada por el gesto amargo de
mi esposa. Ella solía reprobar todas mis decisiones utilizando un
vocabulario soez: adjetivos que me definían, (según su propio criterio),
como un “puto gilipollas sin voluntad”. Entonces llamaron a la puerta y
los operarios de la compañía de transporte cubicaron el sarcófago en
mitad del recibidor. Mi esposa repitió otra vez lo de “puto gilipollas”
pero yo fingí no escuchar sus palabras y me introduje desnudo bajo la
radiación ultravioleta. A la mañana siguiente decidí tomarme el día
libre. Llamé por teléfono para justificar mi ausencia en el trabajo e
improvisé una enfermedad ficticia bastante cómica. Después volví a
acostarme dentro del sarcófago, donde reflexioné sobre la futilidad de
la existencia humana. Así pasaron varias tardes. Solicité una baja por
depresión que liberase mi tiempo de cualquier compromiso laboral y
descubrí una nueva rutina secuestrado en el interior del solárium. Los
índices de pigmentación carbonizaban mi piel elevando el caché de
nuestro estatus. Cuando bajaba a la calle, sólo para comprar tabaco o
echar la quiniela, los vecinos se detenían frente a la puerta del
ascensor elogiando el tono color mostaza de mis ojeras. También me
preguntaban si había estado de vacaciones en Cancún. Yo respondía con
evasivas aunque siempre terminaba fabulando viajes utópicos a lo largo
de la Riviera Maya; (las instalaciones hoteleras rozaban el “cum
laude”). Finalmente, no tuve otra que reincorporarme a la oficina para
continuar vegetando delante del Pc. Mis compañeros me recibieron entre
sonrisas de lástima compadeciéndose a propósito de mi supuesto síndrome
depresivo. La intensidad de mi moreno “roña” pasó desapercibida. Un
miércoles a mediodía, mi jefe me sorprendió en el cuarto de las
fotocopias jugando al Candy Crush Saga. Este incidente repercutió en un
despido sin mayor trascendencia; (gracias a Dios, no me confiscaron el
Smartphone). El Departamento de Recursos Humanos elaboró un informe
sobre mi carácter disoluto y yo firmé la liquidación mientras tuiteaba
lo ocurrido. Ahora llevo 72 horas dentro del sarcófago y noto que los
rayos UVA han conseguido devolverme la esperanza. Mi ánimo se mantiene a
flote. Qué paz.
Texto: Willy Laserna http://willylaserna.com/